
Al cumplirse 24 años del atentado del 11 de septiembre de 2001, la identificación de víctimas continúa, mientras el mundo rememora una tragedia que redefinió la seguridad global.
Hoy se recordará un nuevo aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el ataque terrorista más devastador ocurrido en suelo estadounidense, que dejó casi 3 000 muertos y transformó el orden político y social mundial. A 24 años de aquella jornada, el recuerdo se renueva con actos conmemorativos y con noticias recientes: tres nuevas víctimas fueron identificadas gracias a técnicas avanzadas de ADN, elevando a 1.653 el número de fallecidos oficialmente reconocidos en el World Trade Center.
El 11-S fue ejecutado por 19 terroristas vinculados a al-Qaeda, liderada entonces por Osama bin Laden. Cuatro aviones comerciales fueron secuestrados y convertidos en armas: dos impactaron contra las Torres Gemelas en Nueva York, uno contra el Pentágono en Virginia, y el cuarto —el vuelo United 93— cayó en Pensilvania tras la heroica resistencia de los pasajeros que impidieron un ataque mayor. El saldo fue de 2.996 muertos, incluidos los secuestradores, y más de 6.000 heridos, además de miles de afectados en años posteriores por enfermedades derivadas de la exposición a escombros tóxicos en Manhattan.
Entre las víctimas se contaron 343 bomberos, 71 policías y 55 militares, lo que convirtió al ataque en una de las mayores tragedias para los cuerpos de emergencia en la historia de Estados Unidos. El FBI abrió entonces la investigación más grande de su historia, conocida como PENTTBOM, movilizando a miles de agentes y recibiendo más de 500.000 pistas. En paralelo, el país activó un operativo militar sin precedentes que desembocó en la llamada “guerra contra el terrorismo”, la invasión a Afganistán y, más tarde, a Irak.
Las causas del atentado se rastrean a la radicalización islamista y a una planificación de años encabezada por Khalid Sheikh Mohammed, uno de los ideólogos de al-Qaeda. Las motivaciones incluyeron el rechazo a la presencia militar estadounidense en Medio Oriente y el apoyo a Israel, lo que convirtió al 11-S en símbolo de un choque político y cultural que aún tiene repercusiones.
La respuesta institucional se tradujo en profundas reformas: la creación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en 2003, la expansión de medidas de control en aeropuertos y la promulgación de nuevas leyes antiterroristas. Además, el Informe de la Comisión del 11-S publicado en 2004 formuló 41 recomendaciones que siguen marcando las políticas de inteligencia y seguridad actuales.
El legado del 11-S es también emocional. Para muchos estadounidenses, representó un momento de unidad y patriotismo; para otros, una herida abierta por las guerras que vinieron después y el impacto social de las restricciones a libertades individuales. Dos décadas después, el recuerdo se mantiene vivo en el Memorial y Museo del 11 de Septiembre en Manhattan, en cada ceremonia en “Zona Cero” y en el compromiso de seguir identificando a quienes perdieron la vida.
Hoy, al sonar las campanas en Nueva York, se evocará una vez más aquel día en que el mundo cambió para siempre.
El Nacional